La aldea de Lupiana (todavía no tenía el título de villa), desde el primer cuarto del siglo XIV, más concretamente a partir del año 1330, estará influenciada y bajo la sombra del Monasterio Jerónimo de San Bartolomé el Real. Por esta razón es necesario que se exponga, aunque de manera escueta, unas breves reseñas sobre la historia de esta Orden.
En el año 1330, el caballero don Diego Martínez de la Cámara, había fundado en un cerro de Lupiana una ermita bastante amplia en honor al apóstol San Bartolomé, siendo enterrado en ella cuando murió en el año 1338.
El sobrino de don Diego, don Pedro Fernández Pecha, solicitó en compañía de otros ermitaños (su hermano Alonso y Fernando Yánez de Figueroa) las dos capellanías con la que contaba dicha ermita. Solicitud que les fue concedida en 1370 por los alcaldes y concejo de Lupiana, patronos de la misma. Concesión que fue también aprobada por el arzobispo de Toledo, don Gómez Manrique.
Este pequeño grupo de ermitaños decidieron regirse por una regla que superara a la de San Francisco y Santo Domingo, basada en los principios de San Jerónimo. Fueron Pedro Fernández Pecha y Pedro Román los que viajaron a Avignon y expusieron ante el Papa Gregorio XI sus deseos de vivir comunitariamente bajo la advocación de san Jerónimo. Deseo que fue aprobado por el Papa, tras exponerlo ante el cónclave de cardenales, aunque les dio para ello la regla de San Agustín. La Bula fue concedida el día de San Lucas de 1373.
Llegaron ambos monjes a Lupiana
el 1 de febrero de 1374. El primer objetivo de la Orden fue
el de construir el monasterio de Lupiana, y más concretamente
el claustro, capillas donde decir misas y un cementerio donde
enterrarse.
Pedro Fernández Pecha, ahora Fray Pedro de Guadalajara,
tan sólo estuvo el primer año como prior del monasterio
de Lupiana, cargo que después ocupó Fray Fernando
Yánez. Este nuevo prior, pobló en 1389 la Casa
de Guadalupe con 31 monjes jerónimos de Lupiana. Fue
en esta nueva casa donde en 1415, se reunió por primera
vez el Capítulo General de la Orden. El prior de Lupiana
era en aquel año Fray Diego de Alarcón, que salió
elegido como Superior de los Jerónimos españoles.
Se adoptó en ese primer Capítulo la costumbre
de que ambos cargos se mantuvieran unidos en adelante, reuniéndose
cada tres años el Capítulo General de Orden en
el Monasterio de San Bartolomé de Lupiana. Durante más
de cuatrocientos años se mantuvo este rito trienal.
El monasterio de San Bartolomé adquirió sus máximas cotas de preeminencia política y económica durante el siglo XVI. En el año 1569, Felipe II acepta el patronato de la capilla mayor su iglesia. Año en el que también concede el título de villa a Lupiana, con jurisdicción propia, al tiempo que entregaba al prior y frailes del monasterio jerónimo la prerrogativa de nombrar alcalde mayor, alguacil, escribano..., así como el resto de cargos del Concejo. Establecía de esta forma un señorío de abadengo a favor del monasterio, hecho excepcional en el reinado de Felipe II.
En el siglo XVI, más concretamente en el año 1575, Lupiana contaba con 230 vecinos. Después de 434 años, la población se mantiene prácticamente igual, con 278 vecinos.
Durante el siglo XVIII, todavía el monasterio poseía un número de rentas elevado: cobraba las tercias reales de Sigüenza y del término de Lupiana; poseía los cercanos territorios de Pinilla y de Alcohete; era también de su propiedad un molino y una tenería, que producía al año 16.680 reales; tenían además 50 mulas y unas 300 ovejas para su consumo. Obtenían también copiosos beneficios de las medicinas que fabricaban en la botica o farmacia, las cuales eran muy apreciadas en toda la región.
Haciendo un nuevo inciso, en
el siglo XVIII Lupiana alcanza el mayor número de habitantes
registrados de su historia, 960. La documentación de
la época hace referencia a la existencia, sólo
durante este siglo, de un hospital en la localidad: pertenecía
al Monasterio de San Bartolomé; tenía como personal
sanitario a un médico, un cirujano y un mancebo de botica;
sólo disponía de una cama y “si algún
enfermo se hallaba en él se pide limosna para su manutención”.
En el siglo posterior, según el Diccionario de Madoz
de 1847, los habitantes descienden a 676.
Durante la invasión napoleónica, periodo de horror y violencia en el resto de España, la comunidad jerónima de Lupiana se mantuvo hasta cierta manera al margen, viviendo con cierta tranquilidad.
El día 8 de marzo de 1836, a causa de la Desamortización de Mendizábal, los frailes jerónimos se vieron obligados a abandonar Lupiana, distribuyéndose por los numerosos conventos del país.
Las innumerables riquezas artísticas
del Real Monasterio de San Bartolomé fueron dispersas
por toda la provincia: a la actual parroquia de Santiago, algunos
restos de la sillería gótica del coro. A las parroquias
de Renera y Lupiana fueron a parar numerosos ornamentos, reliquias
e imágenes; a ésta última se la donó
la reliquia de San Bartolomé, que se veneraba en el monasterio,
obra del escultor Gaspar de Ledesma, de 1616. Pero la gran mayoría
de las obras que contenía la Casa Madre desaparecieron
sin más. El gran archivo, se redujo inexplicablemente,
a unas pocas carpetas y legajos que hoy se conservan en el Archivo
Histórico Nacional.
El edificio fue adquirido por la familia Páez Xaramillo,
de Guadalajara, de donde pasó por lazos matrimoniales
a sus actuales propietarios, los marqueses de Barzanallana.
Todo el conjunto monacal fue declarado como Monumento Nacional
en 1931.
El estado actual del edificio deja mucho que desear: la fachada de la entrada está en un estado lamentable, toda descascarillada; la Sala Capitular, tras el hundimiento de su cubierta, fue reparada con simples uralitas de chapa; la pequeña sacristía se encuentra en estado de ruina avanzado...
La construcción se extiende sobre una superficie que se aproxima a los tres mil metros cuadrados en planta, compuesto por una iglesia, tres claustros, la sala capitular e innumerables estancias. Todo el conjunto está orientado de norte a sur, con la entrada actual al este y la puerta de la iglesia al oeste.
El monasterio contó con un total de tres claustros:
-> El más antiguo, situado al sur, fue construido a principios de XVI, y se le denomina de La Enfermería, Claustro Viejo o de los Santos. Durante un primer momento fue utilizado como cementerio. Abierto al sur, de sólo tres lados, actualmente está revestido con una fachada de ladrillo, aunque todavía se pueden admirar los pilares de la segunda planta en el interior.
-> El segundo en antigüedad, hoy desaparecido, es el denominado de La Hospedería. Fue mandado construir por el arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo cuando visitó el monasterio, en el año 1472. Fue realizado bajo estilo gótico, muestra aún restos de su artesonado, encontrando la traza de recogida de aguas.
-> Aún se construyó un tercer claustro, que es hoy el considerado el principal y que se conserva íntegro. Fue mandado reconstruir por fray Pedro de Liaño, haciendo el encargo al arquitecto Alonso de Covarrubias, quién diseña su disposición y detalles ornamentales, siendo construido por Hernando de la Sierra, habitante del monasterio.
Ofrece una planta rectangular, y suponía para Covarrubias el reto de construir un nuevo claustro sobre el antiguo preexistente, con unas dimensiones establecidas y forzadas. El tener que estructurar de forma tanto forzada las arquerías oriental y occidental, le obligó a introducir intercolumnios adintelados o “pseudoserlianos”, a modo de ajustarse a las dimensiones irregulares, ante la imposibilidad de hacer coincidir el módulo de los arcos con las medidas preestablecidas.
Vista del Claustro Mayor
La primera galería tiene una estructura de arcos de medio punto, los cuales se apoyan sobre columnas con capiteles ricamente esculpidos; esta galería se cierra perimetralmente por medio de una balaustrada clásica. Estos arcos aparecen ornamentados con claras influencias clásicas, como ovas, rosetas, acanaladuras en las roscas y tondos en las enjutas. Cabe destacar la fina, rica y expresiva decoración que Covarrubias realizó en los capiteles de la panda norte del claustro, donde aparecen altos relieves de arpías, pequeños “puttis”, calaveras, cabezas de carneros, grifos... En las enjutas interiores de los arcos de la misma panda aparecen cinco medallones que representan a San Jerónimo, San Bartolomé, la Virgen María, San Pedro y San Pablo.
La segunda planta presenta por el contrario una arquería mixtilínea, pero al igual que la primera, su decoración se basa en rosetas, tanto en el intradós como en la rosca del arco. Son también robustas columnas, en este caso de orden jónico las que sustentan los arcos.
La planta está cerrada perimetralmente por un antepecho con juegos ornamentales goticistas de gran belleza, que semeja un encaje.
La galería tercera presenta una estructura adintelada o arquitrabada con seis columnas. El problema de las esquinas en este tercer nivel lo resuelve con un pilar y dos medias columnas adosadas, como en el Hospital Tavera. Los capiteles son también clásicos, sobre los que se apoyan zapatas pétreas y una viga de madera decorada con florones y diversos escudos. La galería se cierra mediante una balaustrada clásica parecida a la de la primera planta.
En las enjutas centrales y exteriores de las pandas norte y sur, se puede observar el escudo de la Orden Jerónima: un león bajo el capelo.
Las techumbres de este claustro, originales del siglo XVI, ofrecen un artesonado de madera con finas viguetas, todo decorado simulando escamas de peces.
Otro elemento interesante del monasterio es la iglesia, que se sitúa en la esquina noroeste del conjunto. En numerosas ocasiones se pensó en reconstruir la iglesia. Pero no fue hasta 1579 cuando Felipe II aceptó ser patrono del templo, ante la oferta de los monjes jerónimos. Su traza, gracias a los documentos conservados, se puede decir con exactitud que se debe al arquitecto Francisco de Praves, quién la realizó en 1613. El desarrollo estructural de la fachada del templo, que añadía a lo que se puede observar en la actualidad una segunda torre que nunca se llegó a construir, fue original del arquitecto Francisco del Valle. Las obras se comenzaron hacia 1615, y las dirigieron y ejecutaron los maestros canteros y de obras Antonio Salbán y Juan Ramos, ambos seguntinos, y muy ligados a la construcción de la catedral de Sigüenza.
La iglesia posee una sola nave, y según el diseño de la planta, se quiso centralizar construyendo una gran cúpula sobre el crucero, sostenida por los cuatro enormes pilares insertos en el muro; proyecto que no se pudo realizar. La nave estaba dividida en tres cortos tramos por gruesos pilares prismáticos, de los que arrancan los arcos fajones que sostenían la bóveda de cañón que cubría toda la iglesia. Esta bóveda, al igual que la del ábside y los paramentos, estaba decorada totalmente con pinturas al fresco, tal como nos trasmitió un cronista, aunque sin describir lo que representaban; actualmente sólo quedan restos aislados sin ningún valor. Dichas pinturas datan de la época en la que se construyó el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Por su estilo denotan que en ellas debieron de poner mano alguno de los artistas que, como Rómulo Cincinato y Granello, decoraron los magníficos aposentos del Monasterio de El Escorial y del palacio del Infantado en Guadalajara. De estos gruesos pilares también partían los arcos rebajados que sostenían el gran coro, el cual ocupaba casi un tercio del espacio total (21 metros de longitud y 12 de ancho, los que tiene la iglesia)
El presbiterio al que se accede por unas escalinatas, queda elevado sobre el nivel de la nave, casi a la misma altura que el coro. Es de planta rectangular, con el muro del fondo liso y cubierto también por una pequeña bóveda de cañón.
La fachada principal del templo, se orienta a poniente. La portada se puede dividir en dos cuerpos, siendo el primero concebido a manera de arco de triunfo: un arco de medio punto escoltado por columnas toscanas que sostienen un entablamento de estilo dórico, con triglifos y metopas. En el segundo cuerpo aparece, bajo un arco de medio punto entre pilastras, una escultura decapitada, pudiéndose tratar de San Bartolomé o San Jerónimo. Todo el conjunto está rematado por un frontón triangular.
En uno de los laterales de la fachada principal del templo, se puede observar el escudo de armas de Felipe II.
También cabe destacar
la Sala Capitular , a la que se accede por el lado oeste del
claustro principal. Su arquitecto fue Francisco de Mora, en
1598. Se trata de una amplia sala de planta rectangular, dividida
en cuatro tramos separados por fuertes pilares prismáticos,
de los que parten arcos fajones muy rebajados que sustentan
la bóveda de cañón que cubre la estancia.
Actualmente permanece cerrada a causa de su deplorable aspecto,
pero sobre todo por el peligro de hundimiento.
Desde su nacimiento, la Orden contó con importantes ayudas económicas. La madre de Fray Pedro de Guadalajara (Pedro Fernández Pecha), a su muerte donó casas, tierras, huertas y molinos. Doña Mayor Fernández Pecha, hermana de Fray Pedro, dio también ciertos molinos que poseía en el Henares y numerosas casa que poseía en Guadalajara. Su hijo, Men Rodríguez Pecha de Valdés, donó cuantiosas herencias, al igual que don Alfonso Pecha, obispo de Jaén, con cuyo legado se construyó el segundo claustro. El propio Fray Pedro, poseedor de una casa en Guadalajara (hoy actual Ateneo Municipal), hizo donación de ella al monasterio, que durante siglos se dedicó a la hospedería de la Orden en la capital alcarreña.
No sólo los Jerónimos
contaron con los favores de los Pecha, sino que también
contaron con la ayuda de los Mendoza. Muy ligado al monasterio
estuvo el primer marqués de Santillana, don Iñigo
López de Mendoza, quién siempre le favoreció
en lo que pudo. También su hermanastra, la duquesa de
Arjona, doña Aldonza de Mendoza, que dotó muy
bien al monasterio. Reconstruyó y amplió la iglesia
en el siglo XV, costeó la sillería gótica
del coro, y mandó tallar su enterramiento, con su imagen
yacente en alabastro blanco, que a su muerte fue colocado en
el muro de la izquierda del templo, siendo trasladado en 1835
(tras la desamortización) al Museo Arqueológico
Nacional, aunque actualmente se puede contemplar en el Museo
Provincial de Guadalajara.
Don Bernarndino de Mendoza, arcediano de Guadalajara, dejó
ciertas mandas para repartir pan a los pobres que llegaran a
las puertas del convento. Don Antonio de Mendoza legó
ciertas cantidades para obras pías y casamientos de huérfanas.
El conde de Coruña don Lorenzo Suárez de Figueroa
y su mujer Isabel de Borbón, suscribieron el patronato
de la capilla mayor del templo en 1480, aunque este compromiso
se zanjó por renuncia de su descendiente Alonso Suárez
de Figueroa en 1545.
Los monarcas castellanos también
favorecieron al monasterio. Estos favores fueron iniciados por
Juan I, posteriormente continuado por su hijo Enrique III, que
entregó 5.000 maravedíes de juro en las tercias
de Sigüenza, como ayuda para la construcción del
edificio. Ya en el siglo XV, mantuvieron este apoyo Juan II
y su hijo Enrique IV. A finales de este siglo, más concretamente
en 1472, visitó el monasterio el arzobispo de Toledo
don Alfonso Carrillo, quién viendo la pobreza del claustro,
mandó edificar una nuevo, siendo prior de la orden Fray
Alonso de Oropesa. También los Reyes Católicos,
confirmaron las mercedes de sus antecesores, y añadieron
una nueva donación, el permiso de coger una gran cantidad
de sal de las salinas reales de La Loma (Riba de Saelices, en
el valle del río Linares).
Finalmente, Felipe II en 1469, aceptó el patronato de
la capilla mayor que los monjes jerónimos le ofrecieron,
correspondiendo con la entrega al monasterio de la jurisdicción
completa de la aldea de Lupiana y de todo su término.
Será este monarca el que conceda más favores a
la comunidad religiosa jerónima, con más motivo
si de sus muros salieron los frailes que habían de dar
vida a la empresa más importante de su vida: el monasterio
de San Lorenzo de El Escorial.
Por Eduardo Pastor Illana